domingo, 27 de enero de 2013

La guaridfa del lobo

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Un día impreciso, Serafín desplazaba su automóvil por la carretera a unos 120 kilómetros por hora cuando comenzó a surgir ante sus ojos el espejismo luminoso de una zaranda gigantesca. Sorprendido y nervioso por lo que veía, sus pies reaccionaron automáticamente dejando sobre el asfalto la estela rechinante de los frenos. Intentando despejar cualquier duda, cerró y abrió los ojos repetidas veces hasta que con un buen resultado la visión del objeto se deshizo, pero apareció corriendo menudamente en dirección al auto un animalito con las características de un perro. Serafín sintió que un gran temor lo invadía, pero decidió abordar al cachorro. Lo examinó cuidadosamente, lo acarició y terminó llevándolo consigo. Su automóvil de nuevo rodaba por la vía, pero no con la velocidad de antes, pues iba escudriñando palmo a palmo el cielo, el horizonte y el ambiente. Así iba hasta que decidió estacionarse y pensar seriamente en lo que le ocurría. Volvió a mirar al animal de ojos ávidos y pelaje gris. Por largo rato estuvo contemplándolo, dudando sobre si proseguir o regresar al cachorro a su lugar de origen. Se decidió por lo último, pero caminando de regreso, un lobo furioso le salió al encuentro. Largó el cachorro y corrió, corrió a esconderse hasta hallar un lugar emergente que para mayor sorpresa y muerte, era la guarida del lobo.

jueves, 24 de enero de 2013

Un Ovni en los bifocales



Él esta allí, mirando fijamente un punto en el firmamento en actitud contemplativa y con las manos casi hundidas en los bolsillos. Lo veo de arriba abajo y me detengo en sus pronunciadas entradas anunciado una calvicie incipiente. Es un hombre delgado, de piel cetrina y bigote entrecanos. Hurgo alguna señal en los ojos, pero sus lentes me lo impiden. Es mediodía y las calles están desiertas. Él parece no sentir el refulgente Sol que me tuesta la piel. Me aproximo y al fin sale de su ensimismamiento. Esbozó una tímida sonrisa después que lo enteré del tiempo largo que llevaba observándolo. Me dijo que lo absorbía un punto luminoso que yo no alcanzaba a ver tras su índice apuntando hacia más arriba del horizonte. Estaba convencido de que era un Ovni y no fue posible hacerlo desistir de su percepción hasta que una hora después escuchamos el ruido de un avión. Entonces me contó que hacía tres días le había ocurrido lo mismo y me preguntó si acaso no estaría alienándose con tanta literatura y películas de viajes interplanetarios. Esto me lo decía al tiempo que volvía la vista y miraba de nuevo el punto luminoso. No era el avión, pues para él, allí más arriba del horizonte buscando en dirección Norte, seguía el Ovni virtualmente plantado con su aura de luz. Entonces amablemente le quité los lentes. Los limpié con mi pañuelo y luego se los colocó. Volvió a mirar, pero ya el Ovni pulcramente había regresado a su base.

martes, 22 de enero de 2013

La niña oligofrénica que maullía en el escaparate

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Rebeca escasamente sabía del sol y del amor paternal. Sólo de las sombras y del aire viciado del escaparate. Para ella, los juguetes de la infancia no existían mientras permanecía allí en el escaparate períodos largos en cuclillas, padeciendo el silencio de la espera y los simples latidos de sus vísceras.

Tenía Rebeca apenas nueve años y desde que sus padres descubrieron que no era desenvuelta, parlanchina, alegre y traviesa como el común de los niños, se avergonzaron de ella y para que no denunciara su retardo la ocultaban dentro de aquel armario cada vez que debían salir o llegaba alguien de visita.

Rebeca, mientras permanecía encerrada, lloraba y su llanto era un lamento que un día imprevisto su prima Dolores, quien llegaba de lejos por sorpresa, percibió como el maullido de un gato. Cuando abrió la puerta del armario, el gato o la rana o la niña, con todos sus olores, se le metió como un huracán por los ojos y le batió el alma. Dolores sudó fría cuando vio que la niña, sentada en sus propios excrementos, procuraba salir moviéndose como una rana. Desde entonces, Rebeca no perturba a las buenas visitas ni maúlla ni salta como un anuro. Se recupera. Ha crecido y aumentado algunos kilos. Un Juez de menores ejerce su custodia mientras sus padres pagan una fuerte condena.

lunes, 21 de enero de 2013

El León y la mujer desnuda

Esta era una mujer linda y desnuda que cabalgaba sobre el lomo de un león.  Repentinamente el Rey de la selva se detuvo cuando sintió en un flujo frío y placentero se alojaba en el cojín de sus vértebras.

domingo, 20 de enero de 2013

Vida milagrosa



Comienza el Horario Navideño…
Cirujanos obstetras extrajeron a Lazarina del vientre de su Madre en un parto nada normal. Había sido gestada ella fuera del útero. Los médicos explicaron entonces que el óvulo después de haber sido fecundado retrocedió a la trompa de Falopio y dejó el sistema reproductivo a través de una apertura entre la trompa y el ovario. Fue indudablemente un extraño caso como extraña igualmente fue su virtual muerte y resurrección. Tenía 25 años cuando Lazarina visitaba el Cementerio invitada por su Padre y éste le disparó con un arma de fuego al tiempo que la acusaba de haber deshonrado el nombre de la familia al tener relaciones amorosas nada convencionales. Del suelo, desplomada, el Padre la tomó. La arrojó al fondo de una tumba recién abierta muy cercana y la cubrió creyendo que estaba muerta. Varias horas después, un aterrado Celador comunicó a la Policía que había visto moverse la tierra de una tumba. Lazarina había recuperado el conocimiento y pugnaba por salir de aquel infierno.

sábado, 19 de enero de 2013

El muchacho aquél

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Hace unos cuantos lustros que vivo buscando en la niebla del recuerdo un forastero que vivía en mi patria ensangrentada y me salvó la vida. La República sucumbía bajo la carcoma de las guerras fraticidas. Apenas tenía once años. Era un lugar pintoresco de la ciudad y una torre con un tanque de agua donde había refugiados de las explosiones mortíferas. Al fin sucedió lo que entre rezos y llantos todos temíamos. La torre se desplomó de un cañonazo con su inmensa ola y una corriente me arrastró hasta un río cercano. Un hombre largo y blanco, con un gordo morral y un fusil, me rescató de la corriente. Mis piernas las sentía y veía desechas entre sus brazos robustos y velludos. Al fin llegamos a un lugar seguro y no recuerdo en que lenguaje me dijo que era de un país remoto. Cuatro décadas han pasado. Hoy me he encontrado con un viejo soldado de la célebre Batalla de Ciudad Bolívar y él me ha puesto en contacto telefónico con otro viejo camarada que conoció la historia y me habló de de ese soldado extraño que me rescató llamado José Garibaldi, descendiente de Giuseppe Garibaldi, revolucionario nacionalista italiano y líder de la lucha por la unificación e independencia de Italia. El encuentro a distancia me ha hecho feliz. Recordamos. Precisamos detalles. Lo visitaré algún día. Quiero darle las gracias a esta edad. Le llevaré un regalo. El quizás tiene –ya me lo anunció- otro regalo para mi. Se llama “El Muchacho aquél”, un capítulo de su libro sobre la Revolución Libertadora.

viernes, 18 de enero de 2013

LA MADRE CITYA HIIJA DE LA GUARICHA


Citya, -así creo que se llamaba – era de Casanare, un pueblo de los llanos colombianos cercanos al Orinoco. Su madre, al parecer, era una guaricha que la tuvo con placer de ocasión en mala hora. Citya, por lo tanto, nació en miseria y a disgusto. Su vida retozando en el seno de la madre apenas si duró siete meses, es decir, hasta que por esos predios pasó una pareja estéril que dijo ser de Massachussets y la adoptó con facilidad increíble. En su nuevo hogar, Citya experimentaba la bondad de otro clima y todo parecía ir bien hasta que sintió la necesidad de la leche materna a la cual la tenía habituada su madre guaricha. Aquel biberón de farmacia y el seno en estación de estío de su madre adoptiva no la engañaba y Citya entonces comenzó a morirse. Los médicos que la observaron imploraron un SOS y todo el condado salió en auxilio. Mil madres dejaron por un rato de amamantar a sus hijos y un millar de biberones de leche materna congelada llegó a la casa de la niña desganada y triste. A Citya, por supuesto, le volvió el alma al cuerpo y sus padres de adopción respiraron contentos. Citya ahora evoluciona sin problemas y desde su cuna contempla con aire filosofal la enorme cava que guarda su gran provisión de leche.(AF)