miércoles, 13 de febrero de 2013

El Padre ciego y el niño anciano


File:Caoguia2006.jpgOmer ya podía ver de un modo científicamente muy particular. Pero no eran sus ojos perdidos en un accidente lo que realmente le permitía ver, sino los 300 electrodos de titanio que un genio de la medicina electrónica le había instalado en su cerebro y aquella minúscula antena bajo su piel. En su pequeña cámara de televisión manual podía ver con ojos electrónicos a su pequeño Omerto hecho un guiñapo de anciano a pesar de sus siete años de edad. Habría preferido seguir en tinieblas, pero no quiso defraudar al científico que se había interesado por su invidencia. Ahora parecía inevitable tener que sufrir el placer de poder percibir el mundo a través de la ventana de los ojos.

Lo del síndrome Hutchinson-Gilford que tanto le afectaba, apareció mucho después de su operación. Ocurrió cuando Omerto tenía apenas año y medio. Había nacido aparentemente normal y al quinto mes de gestado, su madre sabía que era varón. Fue una novedad de la más radiante alegría. Para saberlo, la madre sólo tuvo que esputar sobre un papel especial del laboratorio vaticinador del sexo fetal. La desgracia sobrevino como a los dos años de saberse que no sería hembra. Omerto se fue poniendo calvo y su piel sin tejidos, débil y transparente. El médico ha dicho ahora que el niño envejece prematuramente ocho por cada año. A los diez, tendrá la misma edad de su padre y estará al borde de la muerte. Omer lo sabe y llena con su llanto de titanio el día y la noche de su desgracia.

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