martes, 12 de febrero de 2013

Un fígaro de película

Dalilo estaba pensativo, sentado al borde de una litera, tras la pesada reja del calabozo que un día antes le habían asignado para pagar la falta que a él siempre lo había hecho feliz. ¿Qué haría ahora, defenderse? ¿Qué podía esgrimir en su descargo si todo cuanto le imputaban era cierto? La penumbra del cine. Los cabellos de las damas seguidas por su rara patología. Las cajitas que él sólo podía distinguir a la onírica hora de excitarse con el cabello de ellas. Le atraían las mujeres de caballera libre, abundosa y ondulante: la dorada, castaña, negra pura, taheña, pero por nada lo atraía la de pelo afro o ensortijado. Era selectivo y las fijaba en algún punto de la ciudad, luego las seguía con sigilosa pasión detectivesca. Las averiguaba y llegaba un día en que podía capturarlas en el cine. Siempre sucedía cuando la pantalla se poblaba de imágenes luminosas y la atención del espectador era absorbida por la trama. Con toda naturalidad se sentaba detrás de la elegida y desde su butaca le tomaba y tijereaba el pelo sin que se diese cuenta. No había que cortar sino lo suficiente para llenar una cajita como las utilizadas antiguamente para los fósforos, pero concebida artísticamente y coloreada con el mismo color del cabello. Habría podido distinguir cada muestra con el nombre de la elegida, pero le bastaba con tocarla, percibir su olor y color a la hora propicia de rito que lo envolvía en vaporosa nube de amor y sexo.

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