martes, 25 de diciembre de 2012

La tentación del amor


El Sacerdote inició la lectura del Evangelio, luego terció la cinta roja sobre el libro abierto y se dirigió a los fieles con voz pausada que gradualmente fue tomando calor hasta resonar en el sagrado recinto. Los fieles escuchaban, de pie unos y sentados otros, el sermón de aquella mañana fría que enfatizaba constantemente: ¡No te me declares! ¡No te me declares! Repetía el sacerdote y los feligreses persignándose se miraban entre sí como tratando de percibir un gesto delator, algo así como una mano temblorosa, una lágrima de aflicción, hasta que una candorosa niña cayó desvanecida en este pasaje del sermón: “…y aunque las frases epistolares de la joven son de buen trazo, mucha limpieza y pureza de sentimientos, no me dejaré seducir por esas tentaciones”.

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