martes, 15 de octubre de 2013

Suerte impredecible

La barloventeña, una generosa morena espigada, decidió probar suerte en las minas aluviales de San Salvador de Paúl y allá la encontré una mañana de agosto.  Trabajaba íngrima con el agua turbia hasta los muslos duros y hermosos cuando agradecida me obsequio una surrucada.  “Esta va por el periodista” Y mi suerte brilló en el tamiz. Aquel puñado de piedras preciosas lo guardaba en el closet, pero cuando volví a casa tras una ausencia de tres días, observé que mis diminutos brillantes ya no estaban, pero en el jardín de mi casa, un carro me sorprendía estacionado y con el cual después mi mujer, cada vez que lo intuía, arrollaba mis idilios callejeros.  

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